Motivaciòn al logro

12.08.2011 10:13

La Práctica del Orientador Educativo y la Motivación de Logro en los Alumnos

María Paz López*

 

«Demasiado a menudo creemos que nuestro categórico rechazo a la opinión de alguien sirve para reforzar nuestro particular punto de vista. Sin embargo, la verdad es que es justamente al revés. De nada sirve tu opinión si no puede enfrentar un desafío. Si sientes temor hasta de considerar una visión diferente, significa que tu posición es débil…»

Anónimo.

Resumen: En este ensayo se analiza y reflexiona sobre la práctica de la Orientación Educativa, algunas funciones del orientador en el bachillerato propedéutico estatal; se enfatiza el papel motivador del orientador con sus alumnos. Se aborda la motivación de logro como un aspecto importante y necesario en el proceso orientador y se cuestiona en que medida el orientador es consciente de la influencia de este factor psicoeducativo en su labor y hasta que punto se favorece en la Orientación; en las reflexiones finales se plantean diversas posibilidades para que el orientador analice y modifique su propia práctica orientadora; entre ellas la formación e investigación en el área. Palabras clave: Perfil del orientador, la práctica del orientador educativo, motivación de logro.

 

Introducción

La Orientación Educativa es una práctica que desde sus orígenes se ha realizado como un medio para poner al hombre adecuado en el lugar indicado; sin embargo, la Orientación en la actualidad  ha tratado de dar un giro a la concepción que de ella se ha tenido.

La Orientación Educativa como disciplina busca resignificar el papel del orientador educativo, busca encontrar el sentido de su quehacer cotidiano para un mejor servicio a los destinatarios finales de su labor: los alumnos, quienes son partícipes y protagonistas del proceso orientador. Conocer quiénes son, cuáles son sus problemas, cuáles sus potencialidades, sus motivaciones y cómo propiciar la reflexión, el análisis y la elaboración de un proyecto de vida integral es uno de los retos dentro de la práctica de la Orientación Educativa; la cual se ha desarrollado en un plano de sentido común, algunas veces muy mecanicista, instrumentalista y sin reflexión sobre la diversidad de actividades que se realizan diariamente, así como sobre la necesidad de definir un marco teórico que le permita al orientador recapacitar sobre el impacto que su práctica ejerce en los estudiantes, y percibir la necesidad de contar con un sustento teórico conceptual que facilite la comprensión y conocimiento de los alumnos.

Es por lo anterior que, en este ensayo, se abordará la práctica de la Orientación Educativa y la motivación de logro como uno de los factores psicoeducativos que más influyen en el aprendizaje de los alumnos y en la labor del orientador; se cuestionará en que medida el orientador educativo es consciente de su importancia en la práctica orientadora, y hasta qué punto se favorece su desarrollo dentro de la Orientación; para terminar con algunas propuestas sobre el tema.

La Práctica del Orientador Educativo

En las instituciones de educación media y media superior con frecuencia los orientadores son profesionales que provienen de diversos campos disciplinarios como la pedagogía, psicología o sociología y un gran número de ellos cuentan con una formación que nada tiene que ver con el área educativa e incursionan en la Orientación por una inclinación personal a este quehacer, o por la opción  laboral que en un momento determinado se les presenta.

En muchos casos los orientadores educativos ingresan a un campo desconocido, donde no han sido enseñados a orientar y tienden a enfrentar los retos de su práctica orientadora reproduciendo lo que a su vez otros orientadores realizan en la cotidianidad. No obstante, me pregunto: ¿qué tan ético será orientar a alguien sin tener claro el cómo, por qué y para qué?; en este sentido y antes de continuar con el análisis valdría contestar a las siguientes interrogantes: ¿qué es un orientador?, ¿cómo realiza su práctica orientadora? y ¿cuáles son las funciones que realiza? Aunque en la actualidad parece no haber respuestas explícitas, ni claras, sí existen ideas, las cuales se desarrollarán a continuación.

En el nivel medio superior existen diversos documentos normativos que definen y especifican las funciones en los diferentes puestos de trabajo; uno de estos documentos empleado en el bachillerato propedéutico estatal es el DOROE.1 En éste, además de plantearse el programa de Orientación a desarrollar en cada grado, se define al orientador educativo como un educador especializado que ofrece un servicio académico de apoyo directo al desarrollo de las competencias, habilidades y valores de los alumnos; lo concibe además como un asesor importante en la elección vocacional y para la elaboración del proyecto de vida de los alumnos.

Por su parte, Sánchez y Valdés (2003) mencionan que el orientador es un profesional que está especialmente preparado para evaluar las habilidades de una persona, sus aspiraciones, preferencias y necesidades, así como los factores ambientales que influyen o son importantes para una decisión. Estos autores destacan que el orientador debe estar capacitado para describir y explicar los factores que intervienen en el desarrollo de una carrera; los factores que intervienen en la vocación de los alumnos y tener una formación sólida en psicología, pedagogía, educación y desarrollo humano.

Acerca del perfil académico del orientador educativo existen coincidencias de estos autores con el DOROE; ahí se menciona que el orientador debe tener conocimientos pedagógicos y psicológicos, además de ser hábil en entrevista, comunicación, manejo grupal y en desarrollar las competencias en la lectura y el estudio en los alumnos. Así, vemos que al orientador le corresponde interactuar directamente con los actores principales del proceso educativo, es decir, los alumnos, pero también con docentes, directivos y padres de familia.

Respecto a la práctica del orientador, Díaz, B. (cit. en Meneses 2002) menciona que la mayoría de los orientadores desempeña su función dependiendo del contexto en el cual trabajan; por lo cual un orientador puede inscribir alumnos, revisar en la entrada el uniforme, vigilar el descanso, concentrar calificaciones, sancionar alumnos, diseñar gráficas de aprovechamiento, realizar reuniones de análisis con profesores, convocar a padres para firmar boletas, dar terapia individual, organizar jornadas de rebosamiento en su institución, organizar ferias de Orientación Profesiográfica, campañas contra las adicciones o promover la elaboración de proyectos de vida con sus alumnos.

La autora menciona que ante las múltiples actividades cotidianas de su labor, el orientador difícilmente tiene tiempo de cuestionar su práctica y más aún de conceptualizarla; sin embargo, no se refiere a la simple búsqueda de definiciones en los libros, sino a la construcción, la reflexión y el análisis de las acciones, lo cual no se compara con definiciones llanas de libros o documentos oficiales institucionales como el DOROE, Funciograma y Bases Normativas, entre otros. Al respecto, Gerardo Meneses habla de la Orientación como «…de ese ‘comodín’ del que se echa mano como retórica ante la evidencia de los problemas de desigualdad sociohistórica; la Orientación es disfrazada según se ofrezca…» (Meneses 1997: 26).

A su vez, Zarzar (cit. en Meneses 2002), tomando como referencia el trabajo del orientador, hace una tipología compuesta por cuatro niveles sobre las diferentes prácticas que distinguen de manera particular la situación actual de la Orientación Educativa. Estos niveles son de conciencia de los orientadores ante su labor, es decir, la conciencia con la que enfrentan los problemas en su práctica orientadora.

El Sentido Común es el primer nivel; en él la práctica orientadora es llevada a cabo por orientadores que han llegado al puesto de manera fortuita. La mayoría de los orientadores empiezan a trabajar sin más herramientas que las que el sentido común les ofrece. En algunas ocasiones se empieza a trabajar en este nivel, pero el orientador se encuentra con una serie de dificultades que no puede enfrentar con el sentido común y para las cuales necesita otro tipo de herramientas tanto teóricas, como técnicas. Es entonces cuando tiene la necesidad de pasar a otro nivel de trabajo.

En el segundo nivel se ubica la Técnica, en este nivel el orientador emplea elementos técnicos como tests, para tratar de encontrar respuesta a los cómos de su trabajo, de tal forma que se busca una gran cantidad de instrumentos en su afán de hallar la cientificidad de sus prácticas. En este caso se conceptualiza a la Orientación como un trabajo de análisis de las características de la personalidad, del temperamento, carácter y de las habilidades. El orientador fundamenta las acciones que llevan a cabo con los alumnos en un enfoque psicologista y biologista que considera constantes las características del ser humano, por lo cual cree conveniente analizar sus rasgos.

En esta práctica del orientador, cuando no se tiene un pleno conocimiento de las técnicas, se provocan problemas como: el pesimismo pedagógico, etiquetar a los alumnos y/o el paternalismo hacia los estudiantes que obtienen bajos puntajes en la pruebas psicométricas que emplean para diagnosticar e intervenir ante los problemas educativos.

La Teoría es el tercer nivel de conciencia; en él, el orientador se detiene a reflexionar un momento en las diversas actividades que realiza diariamente y empieza a plantearse la necesidad de definir un marco teórico, de leer algunos libros sobre Orientación, de cuestionarse sobre su práctica, de escribir sus reflexiones, de compartirlas y difundirlas con otros orientadores. Cuando trata de sustentar su práctica o ubicar las acciones de Orientación que se está realizando, el orientador se ubica en este nivel. Sin embargo, Zarzar Charur menciona que la mayoría de los orientadores no han llegado a este nivel, puesto que están tan involucrados en sus tareas diarias que difícilmente tienen tiempo de sentarse a reflexionar sobre el impacto que su práctica ejerce  en los estudiantes.

La Conciencia Política es el cuarto nivel con el que se puede realizar la labor de orientación. En este nivel, el orientador es consciente de su posición, de su ubicación dentro de la escuela, dentro del sistema educativo, y manifiesta una actitud crítica ante las disposiciones oficiales cuestionando su pertinencia y viabilidad hacia la comunidad escolar en general y hacia los estudiantes en particular. Tener conciencia política es asumir una actitud hacia la vida y frente a la escuela, que permite a los maestros y a los alumnos reconocer que ambos son capaces de aprender y crecer al mismo tiempo. Ambos toman conciencia de que están inmersos en un sistema político que busca reproducir su ideología a través de la escuela, de tal modo que tal conocimiento les permita asumir posturas reflexivas que los alejen de ser sólo los instrumentos  para que otros logren sus metas. En este sentido, el orientador educativo con conciencia política, junto con sus alumnos, es el que posibilita una actuación tendiente a buscar una conciencia social.

Esta caracterización de la práctica del orientador ayuda a describir su desempeño; sin embargo, no basta con saber en qué nivel o lugar se puede colocar cada orientador. Se requiere, además, de reflexionar sobre el trabajo mismo; una actitud abierta y propositiva que tenga como bandera al profesionalismo. Para ello, es necesario que el orientador tome conciencia de que forma parte de un gran sistema que persigue intereses bien definidos por la política educativa a los cuales sirve.

Con base en lo anterior las preguntas serían, entonces: ¿cuál deberá ser el sustento teórico-metodológico que definirá la práctica del orientador? y ¿cuál es el objeto de estudio de la Orientación Educativa? Ante la falta de respuestas concretas a las interrogantes, la Orientación ha tenido que tomar «prestadas» algunas teorías de la Sociología, Antropología, Pedagogía y principalmente de la Psicología; no obstante, la falta de construcción teórica por parte de los orientadores mismos, los ha llevado a instalarse en un plano técnico, es decir, los orientadores generalmente no buscan teorizar, más bien les interesa encontrar procedimientos técnicos, pasos a seguir para realizar algo, estrategias que den «soluciones rápidas» a los problemas escolares; y lo demás sale sobrando.

Como ya se mencionó, al orientador le corresponde interactuar directamente con los alumnos; dentro se sus funciones es responsable de la adaptación de los alumnos a la escuela, de atender los problemas escolares de conducta, rendimiento académico, deserción escolar, apoyo a los estudiantes para que desarrollen un sentido analítico, critico y reflexivo, que les permita generar alternativas de solución a sus dificultades familiares y emocionales, así como propiciar la toma de decisiones exitosas, oportunas y adecuadas. En el plano de lo vocacional, el orientador educativo debe promover en sus alumnos la elaboración y ejecución de un proyecto de vida académico y profesional  que les apoye en el desarrollo de su personalidad, motivándolos hacia el logro de sus expectativas personales.

Desde el punto de vista operativo, lo anteriormente expuesto plantea un panorama general de lo que al orientador «le toca hacer» con los alumnos o al menos las tareas que le han asignado; sin embargo, existen aspectos muy importantes como la motivación de logro que son desconocidas por los orientadores, es decir, se carece de sustento teórico para explicar las acciones y actitudes de los jóvenes, y peor aún de estrategias que favorezcan el desarrollo de este aspecto en los alumnos. Por tal razón, a continuación se abordará este aspecto por ser un factor psicoeducativo necesario en la práctica del orientador, pues es bien sabido que los profesores y orientadores juegan un papel clave en dicha motivación al tener un contacto más directo con los alumnos.

La Motivación de Logro

Sin entrar en muchas definiciones, se dice que nadie normalmente realiza algo si no tiene un buen motivo o necesidad para hacerlo, y esta necesidad empieza por lo más básico, como son los instintos de comer, beber, dormir, etcétera, hasta lo más superior que es la curiosidad y la inquietud intelectual que nos empuja a estudiar algo, acudir a una fiesta, a comprar un libro para leerlo. Esta etapa superior de motivación (intrínseca) hacia el logro de una meta es lo que nos debe interesar como profesores y orientadores.

El orientador en este sentido debe tener presente que su desempeño influye de manera conciente e inconsciente para que los alumnos estén o no motivados hacia el logro, ya que es él quien interactúa de forma más personal con sus estudiantes, sin embargo, esto no significa que sea el único responsable de la motivación, pues en ella interactúan diversos componentes cognitivos, afectivos, sociales y académicos que tienen que ver tanto con las actuaciones de los alumnos como con las de sus profesores.

Como ya se mencionó, la motivación es un concepto explicativo relacionado con el por qué del comportamiento. Las personas motivadas experimentan continuamente necesidades o deseos que les impulsan a actuar, es decir,  es una situación que induce a los individuos a realizar una meta determinada.

Hasta este momento me he referido a la motivación como un estado interno que activa, dirige y mantiene la conducta en las personas; no obstante, considero importante y necesario definir qué es la motivación de logro, para mejorar la comprensión del análisis.

La motivación de logro es un tipo de motivación interna en las personas; uno de los autores que más ha estudiado este aspecto es McClellan (1972), quien se refirió al concepto  de autorrealización llamándole motivación de logro; este autor lo definió como «un proceso de planteamiento y un esfuerzo hacia el progreso y la excelencia, tratando de realizar algo único en su género y manteniendo siempre una elección comparativa con lo ejecutado anteriormente, derivando satisfacción en realizar cosas siempre mejor».

Un aspecto muy importante de un fuerte motivo de logro —agrega el autor— es que hace a su poseedor muy susceptible a buscar algo en forma intensa. La persona motivada hacia el logro aventaja a los demás en su desempeño para mejorar su ejecución en el trabajo, si se le reta a hacerlo. Estas personas se esfuerzan más o producen más y mejor, de tal forma que una persona con motivación de logro alta desea saber si sus esfuerzos la están acercando o no a la meta deseada (McClelland 1972). 

Respecto a la práctica de la Orientación, considero que para eficientar el papel motivador del orientador, es preciso que haya coherencia entre lo que dice y lo que hace. Para los especialistas en el área, el mejor profesor y el más motivador es aquel que predica con el ejemplo; así, si un orientador educativo no está lo suficientemente motivado por su labor, difícilmente podrá motivar a sus alumnos; y si partimos de que no hay una carrera en la que se formen previamente quienes habrán de desempeñar la función de orientar, la pregunta sería: ¿qué características deberá tener el orientador para motivar a sus alumnos?

Oueslati (2000) menciona algunas características de los profesores que han llegado a motivar a sus alumnos y son considerados motivadores: «… son los que cultivan la confianza y el respeto mutuo, favorecen el trabajo en equipo y en colaboración, son espontáneos, competentes, sonrientes, dispuestos, calmados, dinámicos, entusiastas, justos, interesantes y desinteresados, tolerantes, exigentes… son los que investigan siempre, se reciclan y se adaptan a los cambios…»; sin embargo, por las tareas que le han sido asignadas al orientador, la mayoría de ellos se han convertido en verdaderos jueces que legitiman o condenan todas las actitudes de los alumnos dentro de la escuela, asumiendo generalmente el papel de autoritarios o paternalistas, lo que hace cuestionar la función real que cumplen, a grado tal que los alumnos los llaman «desorientadores».

Asimismo, la motivación de logro es un aspecto importante y necesario para la práctica de la Orientación Educativa, puesto que si no está presente en los alumnos, dificulta la labor del orientador, ya que son jóvenes quienes, por lo general, no tienen aspiraciones, son conformistas, pesimistas, se preocupan más por una calificación que por el aprendizaje en si, no se esfuerzan por dar lo mejor de sí, no tienen intereses vocacionales, llegan a presentar problemas de bajo aprovechamiento, ausentismo y reprobación; por lo cual se podría afirmar que la motivación de logro es una característica que puede facilitar la labor del orientador.

Motivación de logro en los alumnos es un estado dinámico (puede variar continuamente en cada persona) que incita deliberadamente a elegir una actividad, comprometerse con ella y  a perseverar hasta el fin. Sus orígenes (cognoscitivo/afectivo) según Alonso (1997) son los siguientes:

Las percepciones del alumno sobre él mismo (autopercepción). A veces para hacer una actividad no cuentan tanto las capacidades que se tengan como las que se creen tener.

Las percepciones del alumno sobre el entorno. Cada alumno es él y sus circunstancias, como orientadores debemos  incidir sobre ellas para observar los cambios.

La motivación de logro al ser un tipo de motivación intrínseca tiene que ver con  los factores que provienen del propio alumno; y se diferencia de la motivación externa (extrínseca) porque ésta última se refiere a los planteamientos que el profesorado propone para interesar al alumnado: tipos de actividades, su alternancia, organización del contexto, la calificación, etcétera.

Existen varios elementos determinantes de la motivación en los alumnos; éstos son:

Percepción del valor de la actividad. ¿Por qué hacerla? Lo cual es su juicio sobre su utilidad para sus objetivos. Un alumno sin objetivos (escolares, sociales) no puede tener motivación; el reto para el orientador es que sus alumnos tengan objetivos en sus actividades.

Percepción de su competencia para llevarla a cabo. ¿Puedo? Esta percepción dependerá de las realizaciones anteriores, de la observación de los demás, de su persuasión y sus reacciones emotivas. Los profesores y orientadores al respecto deben ser persuasivos, y dar soporte adecuado a los estudiantes.

Percepción del grado de control que tiene durante su desarrollo. ¿Podré llegar al final? A veces los alumnos atribuyen el fracaso a causas que no han podido controlar: falta de aptitudes, haber puesto poco esfuerzo, cansancio, complejidad real de la tarea, suerte, incompetencia de los profesores, los compañeros entre otros; sin embargo, los alumnos motivados hacia el logro atribuyen la responsabilidad de sus éxitos a su desempeño, por lo tanto el orientador debe ser motivador y reconocer los logros en sus alumnos.

Alonso, T. (1997) menciona algunos indicadores de la motivación en  los alumnos: la decisión de comenzar una actividad, la perseverancia en su cumplimiento (tenacidad), el compromiso cognitivo en cumplirla (atención, concentración), la utilización de estrategias de aprendizaje (reflexión, organización de la información, elaboración para integrar conocimientos) y estrategias de autorregulación (metacognitivas, de gestión de los recursos, de motivación).

Asimismo, el autor enfatiza algunas estrategias de intervención para la motivación del alumno por parte del profesorado (incluyendo al orientador): tener competencia profesional, es decir, una buena formación, estar motivado y tener interés para enseñar, tener percepciones ajustadas de los alumnos, no asignarles estereotipos inamovibles, utilizar adecuados sistemas de sanciones y recompensas, mejorar la labor docente en general como son las actividades de enseñanza, de aprendizaje y de evaluación y ,por último, aumentar la motivación de los alumnos incidiendo sobre su autopercepción y su autoestima.

Respecto a los orientadores, Díaz (cit. en Meneses 2002) afirma que han realizado diariamente su práctica sin cuestionarla, sin saber que es lo que deben o no hacer, por qué hacerlo, cuándo y bajo qué condiciones llevarlo a cabo. Lo que se pretende con estas líneas es que el orientador reflexione sobre sus prácticas de tal forma que se puedan clarificar algunas de sus acciones y se llegue a la toma de conciencia de las repercusiones que su práctica orientadora puede tener en los estudiantes, en  este sentido, en el aspecto de la motivación.

Ante este panorama, es evidente que desempeñar una práctica tan complicada como la Orientación desde el sentido común, atravesada por buenas intenciones o reproduciendo lo que al sistema político le conviene, no es suficiente; toca al orientador salir al rescate de su propia labor, darle sustento y llevar a cabo acciones que trasciendan para mejorar su desempeño profesional en todos los sentidos, teniendo presente su papel motivador.

Entonces, ¿qué hacer? Existen dos posibilidades: primera, que el orientador se resguarde bajo el esquema de la simulación e indiferencia, esperando que alguien le dé «recetas de cocina» para aplicarlas con sus alumnos, o esperar a que otros construyan las herramientas que necesita para llevar a cabo su labor, en tanto se adapta al cumplimiento de todas las funciones y modelos que le impongan; o segunda, que haga un análisis de su propia  práctica docente y se cuestione a sí mismo si cuenta con los elementos que lo lleven a modificar su práctica, esto es, contar con la teoría, método, estrategias y técnicas que le permitan intervenir adecuadamente en su entorno laboral.

En este sentido, Arévalo (2001) señala que: «el orientador debe optar por el camino fácil o el de retomar el proceso de formación, mediante el cual pueda ir adquiriendo lo que le hace falta para transformar su visión de las cosas y con ello su práctica orientadora».

Para concluir, se puede decir que todo apunta hacia la formación del orientador; sin embargo, no se puede obligar a nadie o reorientar su proceso de formación, puesto que este es voluntario e interno, lo cual lleva a reconocer que sólo aquel que —después de haber revisado conscientemente su práctica orientadora— descubra y acepte sus carencias teórico-metodológicas, asumirá el compromiso consigo mismo de buscar las medidas que le permitan superar tales deficiencias, es decir, volver la mirada a su formación; es una responsabilidad ética del orientador ante sí y ante los demás.

Una reflexión importante es que el sujeto docente, en especial el orientador, requiere la formación sólida en diversos campos necesarios para desempeñar su labor: la psicología, la pedagogía y la investigación, que le permitan actuar con un sustento teórico al interactuar con los alumnos.

Al respecto, Sánchez y Valdés (2003) proponen el siguiente perfil académico sobre los conocimientos, habilidades y actitudes que deben tener los orientadores educativos:

Conocimientos

Principales teorías de la Orientación.

Los factores que influyen en el desarrollo humano, así como de las teorías de la motivación y conducta humana.

Información básica acerca de las principales profesiones y puestos de trabajo.

Las bases de la evaluación y medición en psicología y educación.

Habilidades

Las técnicas de la comunicación necesarias para interactuar con las personas en forma individual y grupal.

Las técnicas y métodos de evaluación psicométrica.

Para la interpretación de los resultados de pruebas estandarizadas y no estandarizadas.

Del manejo de recursos didácticos para el trabajo de grupo.

Actitudes

De aceptación de la persona.

De respeto a las decisiones de la persona.

De consideración positiva

Por otra parte, la creación de la licenciatura en Orientación Educativa o la implementación de programas de posgrado sería otra propuesta de formación; sin embargo, no bastaría para resolver los problemas que enfrentan los orientadores en su práctica, los cuales son el resultado de un proceso sociohistórico muy amplio. A pesar de ello, serían un intento para profesionalizar los servicios de Orientación Educativa.

Otra propuesta viable es la creación de un marco teórico común para los orientadores, que hagan a la Orientación Educativa conformarse como una disciplina coherente con los requerimientos de los orientados; la necesidad de contar con un marco teórico no debe entenderse como la posibilidad de igualar condiciones que respondan a  las exigencias del sistema político; por el contrario, sería una oportunidad para que los orientadores realicen sus prácticas específicas de su campo, apropiándose del lenguaje, de las líneas de investigación, de los conceptos y de la dinámica particular de trabajo, pero siempre tomando en cuenta la diversidad de contextos y situaciones de sus centros de trabajo.

En este sentido, Arévalo (2001) menciona que el orientador requiere el dominio en tres esferas de formación:

a) Conocimiento de la disciplina que imparte.

b) Cultura psicopedagógica e identificación con lo que hace, y

c) Realizar investigación en su campo de acción

Agrega además que es necesario que el orientador desarrolle una conciencia crítica como posibilidad de gestar una actitud pedagógica, cuyo impacto se perciba en la transformación de la manera de ejercer la Orientación Educativa, para crear condiciones favorables a los procesos de formación de los estudiantes.

Para terminar, considero que la propuesta para mejorar la práctica del orientador educativo y en consecuencia la motivación de logro en los alumnos se concreta en la formación del orientador y la investigación en el campo de la Orientación Educativa para la generación de nuevos conocimientos que posibiliten la comprensión de la práctica orientadora, para ir conformando un cuerpo teórico y práctico en el que se puedan basar los futuros orientadores y que les permita a su vez relacionar la teoría con sus experiencias, para la intervención oportuna en la solución de problemas concretos de los alumnos; el fortalecimiento de espacios de interacción entre orientadores (foros, coloquios, congresos, reuniones), para reflexionar sobre sus prácticas y problematizar los aspectos de la base y no solo los aspectos técnicos o llanos, como formatos, tests, etcétera.

A su vez, el orientador debe abandonar esa actitud autoritaria y de vigilancia hacia el alumno; por el contrario, deberá asumirse como uno más de ellos, deberá ser capaz de instalarse en el espacio del alumno para poder realmente orientarlo y finalmente sensibilizarse y adquirir conciencia de que uno de sus principales retos es motivar a sus alumnos para que se descubran, para que sean libres, responsables, confiados,  positivos y constructivos en su vida; sin embargo, lo anterior sólo será posible si el orientador mismo está motivado e identificado en su labor orientadora.